Cotidianidad y BDSM profesional

Mazmorra Domina Ghalia


La cotidianidad y el BDSM Profesional

Curiosamente, el dedicarte al BDSM Profesional como modo de vida laboral, produce unas ondulaciones en el agua de lo cotidiano, como una piedra lanzada a un estanque.

En este caso son pequeñas reflexiones que llevan a ver el cristal de ese momento cotidiano con el matiz, el filtro si queréis, de la actividad del BDSM Profesional. Porque una no va siempre embutida en látex a hacer la compra, como ya os he comentado, ni va fusta en mano por los pasillos del supermercado o del bar favorito.

Una tiene una vida propia y, al igual que todos aquellos que tenemos una profesión que te hacer ver otra parte de la sociedad, los resultados son curiosos, cuando menos. Porque en ocasiones puedes percibir el carácter de la gente, pero el de verdad, la naturaleza en sí, y no su conducta. En cuanto un cliente pone un pie en mi dominio, deja salir su verdadera naturaleza, lo que le gusta y necesita para sentirse completo, más allá de su conducta, que es la imagen que se proyecta al exterior. Pero cuando ya se conoce esa naturaleza de haber tenido sesiones con muchos clientes distintos, claro, tu percepción de la realidad varía.

Así, cuando ves a una pareja caminar por la misma acera, puedes imaginar, o incluso saber en ocasiones si practican esta clase de juegos de poder. Si él es un sumiso o tiene alguna perversión por cómo mira los pies de las mujeres con que se cruza, y sabes que en su interior anhela adorar esos pies, besarlos, sentirlos en su cara o su boca.

Sucedió que, yendo con unos amigos, y esto es un hecho real, a una fiesta de BDSM, antes de llegar tomamos algo en un bar. Yo ya iba vestida para la fiesta, con un conjunto de látex de medias y body de escote bajo, pero lo tapaba con una chaqueta y un jersey. Estábamos tomando un café y, descuidadamente, de la chaqueta resbaló un trozo de la cadena que llevaba, junto con un collar de perro, por si encontraba con quien jugar en la fiesta. En la mesa próxima había dos personas sentadas, y una de ellas reparó en la cadena. Me di cuenta, y mi lado travieso salió a jugar y empecé a tirar de ella hasta que asomó el collar. Pude ver en los ojos de ese hombre un gesto de reconocimiento, sabía lo que era y por qué lo llevaba. Sabía lo que era el BDSM. Y aquello me hizo saber que muchas veces, bajo nuestra capa de civilización, nuestro ser más pervertido y, quizás, auténtico, puede asomar, que espera agazapado, listo para salir; muchas veces reprimido por nuestro entorno social y nuestras circunstancias. Pero está ahí.

Moraleja: dejadlo salir a jugar, aunque sea de vez en cuando, que la cotidianidad no ahogue vuestra naturaleza bajo una férrea conducta impuesta. Esta es una de las lecciones que me hizo aprender el BDSM profesional.

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