Cuento de Navidad

Domina Ghalia BDSM Profesional Málaga
por Steward Metatron y Domina Ghalia.

Podéis llamarlo… Simón. Elijamos ese nombre. Simón es un hombre de gustos sencillos, le gusta el fútbol, moderadamente, le gusta su trabajo, su propia empresa, algo pequeño pero rentable que le ocupa un tiempo considerable, emplea a diez personas y suele tener buena relación con ellos. Aunque en su mayoría son ejecutores: necesitan órdenes continuas para hacer las cosas, al mínimo de responsabilidad autónoma. Por eso le gusta Matilde, que lleva las cuentas y es amiga de su mujer: a ella no hay que decirle nada, sabe muy bien lo que tiene que hacer.
A Simón, como hemos decidido llamarlo, también le gusta caminar por las tardes, largas caminatas de unos ocho kilómetros, y en casa lo saben. Llega a la hora de comer, se calza sus zapatillas deportivas, ropa cómoda y sale a caminar. Ni contesta el móvil. En casa lo entienden: tiene muchas responsabilidades, el negocio crece y cada vez es un poco más próspero. Nadie se queja. Atiende y quiere a su familia, a su mujer y a sus dos niños. Los lleva a clase, o los recoge, y los consiente, pero solo un poco.

El suyo es un matrimonio… normal. Quiere a Adela, pero no le da todo lo que necesita, no… ESO. Necesita sentirse vivo, que no sólo vive para trabajar, atender a la familia, de la que a veces se siente alejado, por algo que hay en su interior, una necesidad primal. La de dejarse ir.

Es día 23 de Diciembre. Necesita escaparse, necesita verla…a Ella. Sabe que el tirón de las Navidades siempre son un momento duro, largo, cansino. La ilusión de sus hijos está bien, es agradable, pero necesita un tiempo para sí mismo.

Le dice a Matilde que comerá fuera y que Feliz Navidad.

Sale por la puerta. Se mete en el coche y llama por teléfono. Le responde la voz aterciopelada, suave, envolvente, de Domina Ghalia, su Domina, su Ama. Necesita verla. Tiene un hueco dentro de una hora. Perfecto, tiempo suficiente para ir.

Atiende la indicación que le ha dado. Debe llevar traje negro y corbata. Sin problemas. Como si lo hubiera sabido, así es como va vestido hoy. Simón arranca el coche y se dirige al único lugar donde se siente, por un rato, él mismo: la mazmorra de Domina Ghalia.
Se sorprende al darse cuenta de que ya está en su puerta, llamando. Ya está allí. El corazón le bombea a mil por hora. La puerta se entreabre y pasa.
Un intercambio rápido de palabras es instrucciones. Su Deseo se acrecienta enormemente y siente los latigazos de la necesidad.

Ya está allí. Ahora lo único que tiene puesto es la corbata, va a cuatro patas, desnudo como el perro que se siente, ausente de responsabilidades, ausente de tener que tomar decisiones y cumplir expectativas. Escucha la breve risa de ella cuando deposita el tributo en el cofre con los dientes, como un buen perro; ella está sentada en su trono, y le arrebata la corbata, el símbolo de su prisión diaria. La envuelve en su mano y se la coloca despacio en los ojos.
Privado de visión, Simón el Perro se intoxica con el olor dulce y almizclado de Domina Ghalia, una droga perfecta, un pulsar en su pituitaria que le acicatea. Quiere más. Pero es un buen perro. Esperará a la orden pertinente. Le ordenan que olfatee… Lo hace, deja que el perfume entre por cada poro de su piel con una fuerte inspiración.

La venda desaparece, y ve esos pequeños pies calzados con sandalias, que tanto enloquecen a su parte más fetichista. Una leve idea pasa por su mente. La reserva para más tarde. La lengua asoma por entre sus labios, casi automáticamente, dispuesto a lamer y a deleitarse en esa planta… pero se contiene. Ya fue castigado una vez por eso. Perro malo. No. Aguanta. Siente que su excitación crece, que su erección ya es instantánea y casi dolorosa, palpitante.

Con su collar puesto y tirado de la cadena, el perro es colocado en el potro. Siente que Domina Ghalia toma posesión de lo que quiere, y empieza a azotarlo. Suavemente al principio. Cada impacto es transformado por sus receptores, de dolor a placer, y empieza a gemir quedamente. Al final cada azote hace que su miembro le palpite dolorosamente de deseo y también de placer, como el perro malo que es y que necesita que lo castiguen por sus deseos, por sus pensamientos, por no osar serlo más tiempo y a la vista de todos.
Repite las frases que su Ama le dice entre azote y azote, mostrando así su sumisión, su entrega. Siente el flogger azotar su piel congestionarla, enrojecerla, el impacto sobre la piel, el perfume en su nariz, su entrega a la Diosa es total…

—Las sandalias se han ensuciado perrito —dice la Diosa—. Hora de limpiarlas.

El perro se baja del potro a cuatro patas y gatea, jadeando, hasta el trono, donde procede a limpiarlas con la lengua como el sucio perro que es y se siente.

La Diosa está juguetona. Escucha el ruido de una cadena deslizarse. Ya sabe lo que le espera. Se arrodilla, y ve las manos enguantadas en látex de la diosa sostener las torturantes pinzas japonesas que se abren y cierran cruelmente. Eso va a doler. Pero el perro lo aguantará por su Diosa. Siente el mordisco cruel, la sensación eléctrica del pezón pinzado le llega hasta el cuello, el brazo, le baja y hace que su erección se agite más, palpitando. Vuelve a caer a cuatro patas, aguantando las eléctricas oleadas de dolor. A esa altura ve las sandalias, cuyas suelas ha lamido, y los deliciosos y pequeños dedos de los pies que tiene vedados…

Los pasos se deslizan a su alrededor, y la Diosa le azota con la mano enguantada. A la sensación de los pezones y de su casi dolorosa erección se le suma el dolor súbito del impacto que le eriza la piel y le hace gemir más. Algo frío moja su ano, y no puede evitar abrir más las piernas. Oh, Diosa, es tan cruel, tan deseable, tan… malvada y buena a la vez…

En su mente la figura de Domina Ghalia crece, es un gigante, un coloso, un titán terrible de deseo, dolor y placer.

El dedo empapado en lubricante estimula su ano en círculos hasta que el perro Simón no puede más y empieza a gemir desde lo más profundo; llega a tal punto que no puede evitar mover las caderas al ritmo de la estimulación de la Diosa

—Y ahora, perrito, ¿quieres sentir a tu Diosa dentro de ti —el ano le palpita, su escroto se encoje, su erección parece que le va a explotar— o deseas pasar la lengua por mis pequeños pies?

A Simón se le nubla la vista… lo quiere todo. Da su respuesta.

Continuará…

Un comentario sobre “Cuento de Navidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.