Fetichismo de pies. Cuento de Navidad, segunda parte

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por Steward Metatron y Domina Ghalia

— Fetichismo de pies, ¿estás seguro? —pregunta la Diosa a Simón, el perro.
Elegir entre fetichismo de pies o que lo sodomice; sentir cómo es un sucio perro a merced de los caprichos de la Diosa, que hará suyo, o acercarse y percibir el olor y la dulzura de la piel de esa Mujer…

—Sí, Ama, el perro está seguro —responde mientras siente cómo la Diosa lo sigue estimulando. Siente que la sangre se le acumula en la cabeza y le palpita.

Domina Ghalia se relame. Le encanta cuando la sumisión es tal que el propio sumiso habla de ello en tercera persona. Es una de las mayores muestras de la inmersión del sumiso en su papel. La Diosa se levanta, lo rodea lentamente mientras el sumiso escucha el firme taconear que podría someter a un imperio. Ella se dirige lenta, eternamente, hasta un lado donde una copa de agua aguarda al lado del espejo. Se siente observado por Ella mientras espera, a cuatro patas, como un buen perro.

Sin soltar la copa, Domina Ghalia se dirige al trono, pero permanece en pie. El perro saliva pensando en ese fetichismo de pies que tanto le excita y siente que su erección vuelve a crecer, habiéndose bajando un poco en el impass. La Diosa está magnífica en su trono, una imagen deseable, terrible, inmensa, única. El mundo se difumina a su alrededor.

—Ven.

Se arrastra el perro hasta ella. Se humilla a sus pies, a cuatro patas. Recibe la orden de mostrar sus pezones pinzados, y se arrodilla, erguido.
Se sienta finalmente y cruza las piernas. Toma la cadena entre las manos y tira de ella. El sumiso comprende, y se acerca más, sintiendo cómo le arden los pezones.

—Cuando termine mi copa de agua te quiero postrado a mis pies, muy cerca de ellos, pero sin tocarlos.
Los minutos se le hacen eternos, el dolor de los pezones comienza a ser insoportables, pero la excitación puede con todo, apretando los dientes y sintiendo cómo palpitan. La ultima gota de agua se derrama en sus voluptuosos labios… Y el perro cae automáticamente al suelo, respirando agitadamente.
—Quítame las sandalias y lámelos —siente la orden imperiosa en su vientre, en su columna, en su piel estremecida.
Sus manos quedan rojas de la presión contra el suelo, haciendo lo imposible para que la Diosa no note ningún peso de su cuerpo y que sus ansias no se conviertan en castigo, tratando de ser ligero y cumplidor, un buen sumiso. Después de varios minutos adorando los suaves pies, es obligado a ponerle unas bellas y fragantes botas de cuero.
Ve cómo la Diosa se levanta, los pasos suenan, de nuevo, imperiosos. Se dirige a la percha de las cuerdas, y escoge una, negra, fina, calibre 3. Una cuerda no muy larga, y de pronto es obligado a levantarse. Su erección brilla, palpita, siente la anticipación. Sus testículos son recorridos por vueltas y vueltas de la cuerda, sintiendo la piel del escroto estirarse y cómo aprieta la erección que ya tiene. Deja un sobrante suficiente para poderlo usar como correa. La Diosa lo usará como guste. Se queja, pero agradece. Por que sabe que su Diosa disfruta de ello. Y él es un buen perro, un perro cumplidor.
Es obligado a masturbarse en diferentes posiciones, rotando por la mazmorra, de rodillas, tumbado, ante el espejo, cara a la pared, ante su Diosa, y es llevado hasta el borde del orgasmo una y otra vez. Y todas las veces siente el dolor, el impulso, cuando se lo niegan, hasta que llega el momento en que cree que no aguanta más, y así se lo dice a su Diosa.
—Si aguantas diez minutos mas, serás recompensado, perrito —dice la voz burlona de Domina Ghalia.
Sudando, sufriendo, casi agonizando, cumple con los diez minutos requeridos, al borde del desmayo, haciendo acopio de toda su voluntad. Voluntad que en realidad pertenece a Domina Ghalia. Esto va más allá del fetichismo de pies: su sumisión es absoluta. Es lo que necesita para sentirse libre.
Se pone a cuatro patas y vuelve a escuchar como se pone otro juego de guantes, éstos, oscuros.
—Hay una recompensa para ti… pero tienes prohibido dejar de masturbarte. Puedes acabar, pero sólo me sentirás a partir del minuto 5.
Comienza a masturbarse y a gemir. Lucha por acabar, pero quiere aguantar. La Diosa acerca su dedo, lo acerca, la caricia mortal de cómo se acerca a su ano, cómo es estimulado…
—Faltan dos minutos perro. Sigue, y no pares.
—Falta 1 minuto, perro… 30 segundos…
El dedo esta más cerca de la zona deseada. Y en ese momento, justo cuando va a ser introducido… Acaba. Prácticamente grita mientras expulsa su semilla y se desboca.
Simón vuelve al coche. Se ha duchado, arreglado, y ahora está más preparado para sumirse en la vorágine de las Navidades. Su interior está calmado. Vuelve con la familia, sabiendo que Ella, la Diosa de sus oscuros deseos, siempre estará ahí.

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