Lluvia dorada: la perversión de lo prohibido

Ghalia escaleras

Lluvia dorada, entrega y constancia.

La lluvia dorada es, desde luego, una de las prácticas tabú más solicitadas, a veces, con timidez por parte de los clientes que llegan a mi dominio.

No os creáis, no es algo tan simple como pueda parecer, puesto que la lluvia dorada conlleva no solo cierta dosis de confianza por parte del cliente sino también un esfuerzo por parte de la Domina, que tiene que ajustar sus hábitos y su dieta con el fin de que la práctica sea no solo un éxito sino también sana y consecuente.

El acto de derramar orina sobre partes del sumiso que lo solicita es un acto donde la predominancia y la humillación se dan la mano junto con las sensaciones de entrega y disfrute de un fetiche calificado muchas veces como sucio (aunque los hay que lo son más, y esta Domina no los practica), y también como una perversión. Pero os digo una cosa: ningún cliente ha quedado indiferente. Porque cualquiera puede llegar, aprovecharse de un sumiso, orinarle encima y cobrarle una sesión.

No es así como yo entiendo un acto tal como la lluvia dorada. Yo me preparo, sigo una dieta, una adaptación, tengo que estar limpia también por dentro para que la práctica no revista peligro de ningún tipo, y ante una petición de este tipo llevo al sumiso a través de una pirámide se sensaciones, un laberinto de entrega del que no puede salir, donde castigos, humillación, dolor y placer se mezclan, alcanzando en muchos momentos, la lluvia dorada como una de las cimas de la experiencia del sumiso.

Aseo recibiendo lluvia
Aquí podéis ver al esclavo Aseo recibiendo una lluvia dorada.

Da igual si lo quiere recibir en boca, sobre el cuerpo, o a ciegas, es una cuestión de profesionalidad, de entrega, de práctica y de responsabilidad donde una dominante profesional debe saber que la lluvia dorada es una práctica que no es tan simple como las demás ni cualquiera la puede ofrecer con garantías.

El sumiso no ve lo que recibe sino como un regalo que le hace la dominante, puesto que viene desde su interior, lo cubre, se lo otorga, y dicho regalo, y dentro del maremágnum de emociones el sumiso puede experimentar una gran entrega cuando está sumergido en esta práctica.

Y por eso, la lluvia dorada bien hecha, es una experiencia que trasciende, y que no puede ofrecer cualquiera, bajo mi punto de vista, con las garantías de ser más que un acto físico: es un pequeño acto de superación y de constancia, de entrega de la dominante a su trabajo.

 

Saludos a todos y ¡sed traviesos!