Masoquistas. Cuando el placer es peligroso.

Masoquistas y Ghalia

Masoquistas. Placer peligroso.

Cuando llegan los masoquistas al Dominio es cuando se encienden mis alarmas. Muchos se declaran abiertamente masoquistas, otros, no lo saben… hasta que se adentran en esos caminos del placer. Me explico.

Los masoquistas tienen un componente de peligro mayor para una dominante: se entregan totalmente una vez que se están sumergiendo en sus horizontes de placer. Para los masoquistas el dolor es un conducto hasta el placer más profundo que experimentan y se entregan a ello. Es ahí cuando la dominante tiene que afrontar el cuidado doble: los masoquistas se adentran tanto en ello, disfrutan tanto, que no suelen acordarse de las reglas, de la alerta y de las palabras de control. En algunos sitios a esto se le llama «Metadominación«. Yo lo llamo «cuidado y responsabilidad de mis juguetes». Porque un masoquista te pedirá más y más, presa de su placer. Pero debes poder observar dónde están sus límites, dónde la respiración se vuelve más agitada, la piel está avisando de que la erosión es muy alta y de si se puede o no dejar marca. Porque no olvidemos que los masoquistas a veces pierden la consciencia, se disocian, y pueden llegar más fácilmente por el camino físico al tan mitificado «subespace».

Cuando no se sabe que son masoquistas.

En ocasiones son clientes que empiezan a disfrutar más y más en el camino del dolor los que no saben de su condición de masoquista. Lo descubren poco a poco, dentro de los ámbitos de las prácticas habituales. Lo puedes ver en su evolución, como algunos de ellos, unos pocos, empiezan a pedir más duración en las sesiones de castigo de dolor, de intentos ya no por satisfacer a la Diosa, sino de llegar más lejos y más tiempo.

Se descubren muchas veces disfrutando de esos castigos físicos. Algunos, que antes eran humillados cuando el castigo se hacía duro y largo, empiezan a tener erecciones fulminantes y a expermientar placer en esas prácticas. Aumentan ya no sólo el tiempo, sino su resistencia, y los cambios de instrumento, cuando a veces con la pala o la mano bastaba, de pronto empieza a ser insuficiente (si eres una Domina profesional sabes a qué me refiero: su resistencia se incrementa y sus gemidos de dolor y su esfuerzo disminuye, al asumirlo mejor y sin problemas), y tienes que cambiar, y pasas de la pala al flogger, del flogger a la fusta y de la fusta a la vara.

Cuando antes te pedían no tener marcas, cambian, y les da igual: las desean, verse sus marcas después de la sesión les proporciona placer igualmente y son marcas de orgullo.

Este cliente, que al principio quiere experimentar poco a poco, a veces se emociona de más y quiere cambios muy radicales y rápidos, pidiendo más contundencia… pero con los masoquistas, que lo desean, que quieren más y más dolor para sentir un placer inenarrable: ¿qué mejor que negárselo?

¿Veis? Ahí está la magia de la Dominación. Los masoquistas quieren dolor, lo desean, les proporciona placer el experimentarlo (las endorfinas y dopaminas se disparan, y les inunda un torrente de hormonas que hace que su mente se evada totalmente, lo que hace que a veces no respondan bien, en pleno éxtasis de drogas que crea el propio organismo. Más información aquí).

¿Hasta dónde los masoquistas sólo son físicos?

Hay otro tipo de masoquistas: los que disfrutan de la humillación extrema, los que sienten que no sólo el dolor físico les proporciona un placer tan intenso que les ciega, sino también ese intercambio de poder absoluto en el que al cierre del collar en sus cuellos, sienten una entrega total en la que se dejan hacer todo lo que la Domina requiera.

Y es que no hay trabajo humillante: es servidumbre, es el sentirse despreciados, humillados, el trato de favor que supone una simple caricia, el momento de la adoración de la parte del cuerpo que la Diosa ordene, todo eso, proporciona también un placer en el que tarde o temprano recaen, que buscan, que escuchan como la canción de una sirena que los embriaga y los acaba conduciendo a mi puerta.

Y es que tampoco es tan fácil como sólo recibirlos y humillarlos. Los masoquistas son todos distintos y tienes que averiguar qué parte de la negación les duele, qué parte de la humillación les hace retorcerse por dentro y cuanto dolor les produce la lenta agonía de tenerlos inmovilizados y no darles dolor hasta que supliquen adecuadamente y lo soliciten con educación. Porque ofrecer un tributo a tu Diosa no es tener todos tus deseos garantizados: es el inicio de una carrera para ganártelos.

 

aseo castigado por Ghalia

 

El trabajo de la dominante con los masoquistas

Lo adoro, lo reconozco. Me gusta su entrega, me gusta ver cómo sienten, cómo cierran los ojos y se estremecen a cada fustazo, a cada bofetón, con cada nuevo reto que les impongo: pinzas, cera, dilatación, restricción severa… De todo eso soy cuplable. Y lo disfruto. Pero no por ser una sádica, que no lo soy, (de hecho los sádicos tienen el peligro de perder el control, como los masoquistas, y abandonarse a su pasión de inflingir dolor), sino por ver cómo el masoquista que cae en mis redes realmente saca lo mejor de sí mismo para complacerme como su Diosa.

Pero esa ventaja, la de no ser sádica, es la que me hace ser más consciente si cabe de mi trabajo como dominante sobre ellos: cómo tengo que controlar su respiración, sus pulsaciones, el color de su piel, su hidratación… Son cosas sutiles, a veces la pista de que está llegando a su límite (que no te va a decir) está en cómo se modifica su voz, su gemir mientras está colgado de las cadenas, y sabes que tienes que hacerles salir de su estado poco a poco, dejar que se recuperen en una posición cómoda, pero tampoco abandonarlo todo rápidamente, sino ser sutil y cuidadosa para que puedan salir sin peligros de esos caminos del placer que recorren gracias a ti.

 

2 comentarios sobre “Masoquistas. Cuando el placer es peligroso.

  1. Estimada señora: No tengo experiencia en BDSM, pero sí una fuerte fascinación por las fantasías relacionadas con la adoración y el fetichismo hacia la imagen de una Dómina. No me causan placer ni el dolor ni la humillación verbal. Vivo muy lejos, pero a fines de enero voy a viajar a Andalucía y me gustaría saber si pese a las limitaciones antes mencionadas usted podría llegar a concederme el privilegio de postrarme a sus pies. De ser así, incluiría a Málaga en mi itinerario, por eso me atrevo a molestarla con tanta anticipación. Su belleza, y no hablo sólo de la física, sino también de la que se desprende de las palabras que escribe, me ha impresionado vivamente y me encantaría en algún momento ser parte, aunque sea mínimamente, de su maravilloso mundo. Desde ya, muchas gracias por su atención, y perdón si me extendí demasiado.

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