Un Cuento Oscuro

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Anticipándonos a Halloween, dejamos este cuento oscuro que un devoto de Diosa Ghalia ha remitido como homenaje.

Ella está aquí, lo percibo. En la noche absoluta, aún sin verla, siento su presencia amenazante y fatal; estoy a su merced y no puedo hacer nada para evitarlo. Aunque sé que todas las puertas están abiertas y podría cruzarlas en cualquier momento, una fuerza invisible me impide huir; y esa fuerza no está afuera sino adentro, en mi propia cabeza. Es el recuerdo de su cuerpo moviéndose insinuante a mí alrededor lo que me atormenta y no me permite moverme; soy capaz de soportar todo el terror que me asedia con tal de volver a verla.

   Todo empezó como un juego inocente. Ella bailaba en el salón de las luces quebradas, siguiendo el ritmo de una música frenética. Yo la observaba a unos metros de distancia, como hipnotizado. Su cuerpo perfecto, los movimientos precisos y envolventes, el pelo suelto y larguísimo, los modos con los que jugaba con su joven partenaire en la danza, sus gestos inquietantes y seductores a la vez. Por un momento me creí invisible, portador de una mirada suprema que podía verlo todo sin ser detectada, ahora sé que nunca fue así. Desde el comienzo ella supo dónde estaba yo, y controló la situación a su antojo.

   Luego de un rato ella se retiró del salón de las luces quebradas con su partenaire detrás, la seguí. Un largo pasillo mal iluminado. Una escalera angosta y en curva permanente. Un sótano inmenso con gruesas columnas barrocas y candiles a los costados que derramaban sus reflejos amarillentos entre masas de sombra. Me oculté detrás de una de las columnas y contemple extasiado la escena. La vi ocupando un trono metálico, con el joven desnudo a sus pies. La vi jugar con el cuerpo del muchacho para su propio placer. Escuché su carcajada complacida ante los quejidos del otro. Ella se puso de pie, y su cuerpo enfundado en cuero fue el centro del mundo. Su inapelable látigo cortó el aire como una serpiente, hasta estrellarse contra la estremecida piel de su víctima.

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   No sé cuánto tiempo pasó, las imágenes comenzaron a acelerarse frente a mí y se volvieron confusas e indescifrables. El joven se quedó sólo en el medio del sótano, con la espalda apoyada sobre una de las columnas. Temblaba, como si presintiera lo que estaba por pasarle. De la nada, desde el extremo opuesto surgió una pantera implacable y oscura. El animal avanzó lentamente hacia el muchacho, apoderándose del tiempo a cada paso. Se detuvo frente al cuerpo vacilante, y vi sus ojos brillando como rayos antes del salto; después, su rugido retumbó como un trueno entre las paredes del recinto. Cerré los ojos un segundo antes de escuchar el impacto de las garras contra la carne frágil. Cuando los volví á abrir ella estaba otra vez implacable en su trono y un impulso irresistible me llevó hasta allí. Mi mente era perfectamente consciente de los horrores que acababan de suceder, sin embargo mis piernas no podían detenerse. Era tal la belleza que su rostro perfecto irradiaba desde aquel trono que mi único deseo fue el de seguir avanzando hasta allí.

   Cuando por fin estuve frente a ella me estremecí. Tenía la actitud inapelable de quien se sabe constantemente admirada, y lo único que espera de los otros es adoración incondicional. Entendí. Caí de rodillas ante su gloriosa presencia y ella sonrío displicente, sabiendo que estaba pasando lo que tenía que pasar. Extendió su pierna derecha y comencé a lamer desesperado el cuero de sus botas. Me apartó con una pequeña patada, aunque su pie permaneció en la misma posición. Volví a intentarlo, esta vez deslizando mi lengua sobre su calzado con la mayor delicadeza posible. Dos veces más volvió a ocurrir lo mismo, aunque en cada oportunidad intenté mejorar la manera en que llevaba a delante mi tarea. Me di cuenta que a ella le agradaba el juego de rechazarme y volver aceptarme, y me sentí orgulloso por poder complacerla. De pronto me había convertido en una especie de mascota que hacía las delicias de su dueña y eso me puso profundamente feliz. Durante un rato, breve o larguísimo, no lo sé, tuve la suerte de ser su juguete; de vivir exclusivamente para satisfacer sus necesidades más íntimas. Aprendí a obedecer hasta el más mínimo de sus gestos, todo mi ser se adaptó a sus exigencias hasta convertirse en un instrumento para su placer. Llegué a pensar que la situación podría prolongarse indefinidamente, pero no fue así y se acabo. Entonces fui yo quien se quedó solo en medio del salón inmenso con la espalda apoyada contra una de las columnas barrocas.

   Ahora espero en la noche absoluta. Aunque no la veo sé que ella está ahí. Puedo sentir como un fuego su presencia cercana, sus movimientos ondulantes que me van cercando de a poco. Ella se aproxima implacable y oscura, imagino sus ojos como rayos antes de actuar. Todas las puertas siguen abiertas pero no voy a hacer nada para salir de aquí. Sólo ansío volver a verla, aunque sea por un instante, en el momento previo al salto final.

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