De ataduras, grilletes y esposas

Quizás una de las cosas que más rápido acuden a la mente de la gente cuando hablas de BDSM son las ataduras, sobre todo las esposas o muñequeras.

Las esposas en sí han pasado a ser un objeto de divertimento de cama más que un emblema del BDSM, aunque tienen también su importancia como símbolo, pero no nos referimos a esas esposas con piel sintética de colorines o estampado de leopardo o cebra. Esto es BDSM de verdad, aquí hablamos de grilletes de metal con llave, y de otras muchas formas de inmovilización de las manos (y esta vez solo nos centramos en las manos…).

Las muñqueras, por ir empezando por algún lado, son uno de esos complementos que nunca pueden faltar. La sumisión conlleva muchos grados de inmovilización y la humillación/frustración/limitación que ello produce. Las muñequeras, de las que hay un amplio muestrario en mi mazmorra, por ejemplo, son perfectas para todo tipo de sumisos puesto que son muy ajustables y si son de buena calidad, de piel o cuero, permiten ser un bonito complemento que el sumiso lleve tanto durante la sesión como fuera de ella. En ocasiones nos podemos poner creativas y engancharlas a las tobilleras, al collar o a lugares más perversos si tenemos el ánimo juguetón.

Cuerda: bueno si por algo se empieza es por las cuerdas. Hay múltiples formas de inmovilizar las muñecas con un poco de cuerda y que el sumiso quede totalmente a nuestra merced sin demasiado esfuerzo. Además con múltiples ataduras, desde una sencilla a envolver con varias vueltas las muñecas para repartir la tensión y que luego la marca sea menor. Tan solo las de las cuerdas que desaparecen rápidamente. Además a esta atadura se le puede agregar otra rápidamente y crear una «correa» con la que pasear al sumiso. ¡Es tan divertido!

Grilletes: desde las esposas de policía a las más clásicas e históricas las esposas crean siempre esa sensación de crueldad, de metal contra la piel, que hace que el sumiso se sienta más atrapado, con un pequeño aire de maldad. Se pueden poner tanto delante como detrás. Algunas para estos juegos vienen con una apertura de presión o de interruptor y otras son auténticas y se abren solo con la llave, lo que refuerza la sensación de indefensión (y la responsabilidad de la dominante, por supuesto).

Inmovilizadores de brazos: tengo unos en mi mazmorra. Son dos amplias tiras de cuero con presillas que se atan desde la muñeca hasta la mitad del brazo, quedando el codo inmovilizado todalmente (normalmente se ponen de espaldas) y hace que el sumiso tenga una gran sensación de inmovilización y de indefensión porque, además, el pecho queda totalmente expuesto y lo hace ideal para complementar con un enganche en los tobillos, por ejemplo. Son pura y divertida maldad.

Taping: cuando se recurre a la multitud de cintas de envolver que se ofrecen, desde las más habituales que se consiguen en cualquier ferretería a las más fetish con acabados charolados en varios colores y que también sirven para la momificación, hablamos del taping, la práctica de envolver con cinta, como hemos dicho. Algunas son bellas y de colores chillones y su abrazo no es menos rígido que la mejor cuerda de cáñamo, permitiendo además crear elaboraciones, con las manos juntas, separadas y pegadas a la cintura…

Tiras de tela: a veces se dice que «la seda ata más fuerte que una cadena» y es cierto. Las ataduras de seda siempre hay que cortarlas, pero el juego con la tela hace que sea divertido, sensual, y se pueden hacer multitud de ataduras con un material que se sale de la norma. No hablo de corbatas, precisamente, sino de algo más interesante como un largo pañuelo perfumado, un fulard… Cualquier objeto puede ser un instrumento torturador en manos de una domina responsable.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Con todas estas reflexiones sobre los diversos instrumentos para las muñecas podemos concluir que el «atar a alguien al cabecero de la cama» queda apartado como algo «picando» para los de gustos más avainillados. Sobre todo cuando puedes tener a un sumiso esposado por casa haciendo sus deberes con el impedimento que ello supone y aprovechar para castigarlo un poco cada vez que no se porta bien o no es lo suficientemente laborioso.

Pero eso sí: siempre, siempre de forma sensata, segura y consensuada.